¿Quién teme al anarcofeminismo?

ni ama ni esclava

¿Quién teme al anarcofeminismo?

Movimiento libertario, feminismo y violencia machista

Feminazis, hembristas, bolleras resentidas, vosotras no sois libertarias, vosotras no mereceis llamaros anarquistas…

Parece que corren malos tiempos en el Movimiento Libertario para ser anarcofeminista y luchar contra toda forma de autoridad. Parece que muchos compañeros anarquistas o bien están en pañales en cuanto al análisis del sistema jerárquico en el que vivimos o bien tienen mucho interés en proteger un estatus privilegiado, una jerarquía que les beneficie a ellos, dentro del propio Movimiento Libertario. Frente a unos principios jerárquicos de visión y división social como es el el sistema patriarcal en el que crecemos, nos socializamos y vivimos, se contraponen términos acuñados por la derecha casposa (como feminazi) o conceptos que existen como mucho en el ideario de alguna (como hembrista) pero desde luego no como estructura social de dominación.

Una afirmación de tal magnitud como es “el hembrismo como fenómeno social mata más y más lentamente que el machismo” denota una falta de conocimiento, de sensibilidad y de coherencia, más cercana a la actitud de un fascista que a la de una persona libertaria que lucha contra toda autoridad. Alegar que un SUPUESTO sistema hembrista es comparable o, incluso, peor que el sistema EXISTENTE patriarcal es sangrante e insultante, más si cabe, cuando nos despertamos a diario con terribles noticias de asesinatos machistas, noticias que no recogen ni la punta del iceberg de lo que supone para nosotras la violencia de género. El término de violencia machista engloba, no sólo la violencia que ocurre en el ámbito de la pareja o ex pareja, sino que va más allá, reconociendo como múltiples las violencias que viven las mujeres por el hecho de ser mujeres pero también las que vive todo ser que no responda a la categoría de “hombre adulto occidental heterosexual”.

La violencia machista es una violencia estructural/sistémica basada en la arbitraria división de la sociedad en dos sectores según un rasgo físico elegido aleatoriamente, en este caso, el sexo (siendo el género su supuesta traducción psicocosial). Esta división sexual estructura nuestra sociedad, nuestros esquemas cognitivos de percepción y apreciación y nuestras relaciones convirtiéndolas en relaciones de poder. El patriarcado hace viable otras formas de dominación como el Estado o el Capital al normalizar una primera jerarquía (en el orden cognitivo, sin entrar en la discusión historiográfica) y al naturalizar, es decir, al hacernos creer como algo natural, instintivo e innato, dos esferas opuestas y jerarquizadas: lo público y lo privado, el trabajo asalariado y la vida/el hogar/los cuidados. Cada una de estas oposiciones es un apoyo e incluso una extensión de la oposición entre lo masculino y lo femenino, que hace que el sistema jerárquico, cuya condición de posibilidad es que algunas cosas tengan más valor que otras (lo masculino y público frente a lo femenino y privado), quede inscrito en nuestro mismo cuerpo, el cual ese mismo sistema ha manipulado, transformado y estigmatizado a su antojo. El patriarcado consigue un efecto hipnótico, la cuadratura del círculo: aquellos que resultan privilegiados de la división sexual comienzan a funcionar en base a dicho presupuesto, tomando el resultado de sus acciones como prueba irrefutable de que esta división sexual es natural. Un ejemplo tremendamente obvio es la tan conocida “intuición femenina”: la mujer, relegada a los cuidados, sometida muchas veces al carácter de un novio o de un marido, aprende inevitablemente a adelantarse a las necesidades y los deseos ajenos como forma de perfeccionar los cuidados y de ahorrarse problemas. En cambio, la aprendida intuición femenina se ha tornado muchas veces como la justificación de una sensibilidad, un detallismo o de una forma de pensar diferente de la mujer frente a la del hombre.

Esto no es ignorar la estructura de clases, pero tampoco considerar el feminismo como se suele hacer como un eje transversal a la misma (es decir, interclasista): el patriarcado está en la base misma de la construcción de esas clases. La división entre el hogar y el trabajo asalariado impuesta por el capitalismo (por la separación del lugar de trabajo de la casa, la imposición de unos horarios, la creación de la fábrica, etc.) implica poder asignar un valor a determinada fuerza motriz que pasa a ser considerada fuerza de trabajo y así poder considerarlo mercancía, trabajo asalariado. Esta fragmentación de la vida conlleva la primera división social del trabajo: la casa, la tarea reproductiva y las tareas de cuidados quedan encomendadas a la mujer y tanto estas tareas como ella misma quedan minusvaloradas frente a aquello que genera valor, el trabajo asalariado desempeñado por el hombre. Aunque ambas tareas son igual de necesarias para la vida social, esta última, necesaria para el desarrollo económico, es la que se reviste de valiosa por significar una salida de la cotidianidad del hogar: una salida física de la casa y una ruptura con el continuum del ciclo vital que se ve tan inevitable como la salida del sol, tal y como es la reproducción. Asimismo, la construcción del individuo en el sentido moderno, como único ciudadano, único posible participante de la política, que es considerada un valor racional, excluye por su misma definición lo minusvalorado, lo mundano, la casa (como decíamos, aquello que es tan cotidiano que debe ser obvio), es decir, a la mujer. No es que la mujer no fuera sumisa en muchos sentidos antes del Estado moderno y del capitalismo, sino que su sumisión se basaba en ser la negación de un único sexo: el masculino; es decir, no existía el patriarcado como división sexual de la sociedad, lo cual posibilita el capitalismo y el Estado moderno, sólo se tenía en consideración un sexo y su opuesto como una imperfección (el valor de la mujer era sólo la contención, en cambio el patriarcado le asigna unas tareas en las que se puede ser “buena mujer” como la limpieza, los cuidados, etc.).

No estamos hablando aquí de individuos, sino de estructuras sociales. Tanto como los anarquistas estamos acostumbrados de que los/as ciudadanistas nos vengan a hablar de “empresarios buenos”, sin que entiendan que su supuesta bondad moral no les exime de ser partícipes de una estructura de dominación, estamos las anarcofeministas acostumbradas a que incluso nuestros propios compañeros intenten cuestionar un problema estructural como el patriarcado con ejemplos individuales. Sí, Merkel es muy poderosa y sí, es mujer; no, no es hembrista y no, no es feminista: Merkel no subvierte ningún sistema de dominación. El hecho de que una mujer de clase alta tenga acceso a la política parlamentaria y a ser empresaria no cambia que nuestra sociedad siga estructurada en base a una división sexual que sigue funcionando, porque nunca el patriarcado ha sido algo ajeno a la clase social. Que podamos intuir que a Merkel le limpia la casa una mujer de clase obrera y posiblemente inmigrante, que veamos a nuestro alrededor cómo a Santamaría se la criticara por no dedicarse a las labores de crianza propias del puerperio a tiempo completo, etc., significa que el patriarcado es una cuestión de clase e internacional y que sus categorías siguen funcionando a nivel global.

Si ya son graves estas formas de violencia estructural aun lo son más cuando son compañeros de clase los que ejercen dicha dominación. El caso más evidente es el del obrero, con actitudes de patrón, que ejerce poder y autoridad hacia sus compañeras de lucha y compañeras sentimentales. Para nosotras es  la manifestación más deleznable de la violencia machista, ya que es ejecutada por personas que dedican su vida a acabar con la opresión, eso sí,  con la opresión que ejercen los demás, pero no la que ejercen ellos mismos.

Del mismo modo, no nos deja de resultar problemático la visión de otros muchos compañeros libertarios que tratan el feminismo como una especie de “patata caliente”: la igualdad, el antisexismo o el feminismo como una frase que tiene que estar en sus estatutos o en su propaganda,   pero sólo para que no les estalle nada en la cara. Pretender acabar con el Estado y el Capital pasa por acabar también con el patriarcado: no es una cuestión accesoria ni cuestión personal ni algo que vendrá sólo con la revolución social; es un sistema de dominación que como hemos dicho actúa codo con codo e incluso confundiéndose con la dominación capitalista y estatal, es una cuestión social, y una lucha diaria.

La violencia machista es un instrumento de coerción que, junto con la socialización diferencial, indica el lugar y la posición que las mujeres deben tener dentro del sistema patriarcal, que no es otro que la sumisión y la obediencia. Es el arma que hace que las mujeres no salgan de los márgenes impuestos y se adscriban a una serie de comportamientos que benefician de forma directa al propio sistema de dominación masculino. Esto no significa que el hombre, como ser individual, que agrede a una mujer sea  el cerebro organizador de una conspiración contra la libertad de las mujeres a nivel mundial, pero sí lo es el sistema que lo alienta y lo permite, quedando el hombre violento y machista como  la herramienta fundamental de ejecución de ese sistema (brazo ejecutor), al igual que lo es la policía, las leyes o las instituciones para el Estado.

Que un hombre anarquista sea ese brazo ejecutor, le convierte en nuestro enemigo, del mismo modo que lo son las fuerzas de seguridad del estado, situándole en la misma categoría infame. Deja, por lo tanto, de ser nuestro compañero para convertirse en una fuerza represiva y autoritaria a la que combatir. Y no por eso dejamos de ser anarquistas (aunque muchos nos acuséis mil y una vez de ello): sois vosotros, muchos de nuestros compañeros, los que os empeñáis en ver como luchas contradictorias lo que no es sino una misma lucha, la lucha por la revolución social.

Contra el patriarcado y toda autoridad,

Mujeres Libres Madrid

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