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Papá Estado, permítenos abortar

 

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El médico te intenta mandar ácido fólico y no sé qué más. Ahí te toca insistir: “Quiero abortar”, así que te deriva a la trabajadora social del centro de salud, que llama a su clínica privada de confianza (sin explicarte las diferencias entre ellas, como por ejemplo la costumbre de sedar completamente o no) y charla un rato con la secretaría de la clínica, le pregunta cuánto cuesta la vasectomía de su marido, etc. Después de toda la mañana en el centro de salud, te vas a casa con una cita en la clínica en la que vas a abortar (privada, insisto). De Carabanchel te desplazas a la parada de metro Francos Rodríguez (donde se encuentra una de las clínicas, la clínica Isadora), sin hacer pis en toda la mañana, rellenas muchos formularios y te hacen una ecografía. Te hacen firmar muchos papeles asegurando que te han dado toda la información respecto a las “opciones para tener al bebé” (que por lo menos te dan en un sobre cerrado). El aborto es para este sistema la última alternativa: no es una decisión libre basada en lo que queremos o no, o podemos o no, hacer con nuestra vida; es un constante mal a evitar (en un sentido moral totalmente religioso).
Como es un servicio subvencionado, NO libre y gratuito, todas tenemos que ir a metro Bilbao, a pedirle a papá Estado que nos deje abortar, ya que no tenemos 500 y pico euros para pagárnoslo. La funcionaria de turno nos enseña la ecografía que en la clínica abortiva habían cuidado que no viéramos. Tras este chantaje emocional para el que nos han condicionado socialmente mediante millones de imágenes de futuras mamás llorando de felicidad viendo…pues viendo no sabemos muy bien qué porque no se distingue nada, nos dicen cuándo nacería el futuro bebé (debe ser un criterio médico que desconocemos en nuestra ignorancia infinita) y nos pide que, como en si fuéramos nuestras propias abogadas en un juicio, la convenzamos de que no somos unas “niñatas irresponsables”, sino que algo ha pasado con nuestro método anticonceptivo. Todo esto para sellarnos un maldito papel que nos permite abortar “libre y gratuitamente”.
Tras tres días de supuesta reflexión, obligada por ley, porque al fin y al cabo a ojos del Estado vivimos en una eterna minoría de edad y no sabemos bien lo que hacemos, llega el día. Sin comer desde la noche antes, sin hacer pis en toda la mañana y antes de las ocho de la mañana con el metro en hora punta te haces el recorrido por todo Madrid. Cuando te toca entrar, te trasladan a una pequeña habitación con otras dos mujeres. Tres camas, tres mujeres, tres taquillas. Nos desnudamos todas, nos ponemos la bata y metemos todas nuestras cosas en la taquilla que tenemos que cerrar con una llave que nos colgamos en la muñeca: ya no sabemos si estamos en una clínica o en una piscina municipal.
Así que nos van llevando a quirófano de una a una en la camilla. En quirófano subimos las piernas al potro, nos las atan y nos sedan hasta que nos dormimos. Despertamos otra vez en la sala anterior. Dos camas, dos mujeres, tres taquillas. Mientras nos vamos despertando traen a una, se llevan a la otra. Si tienes mala suerte y tienes la tensión baja, o el azúcar bajo o te sueles marear, puede ser que te encuentres muy mareada tras la sedación y que quizá te den nauseas. Entonces estarás encerrada en El Proceso de Kafka: te informarán de que te pueden dar ni agua para combatir el mareo hasta que no dejes de estar mareada y te puedas vestir y pasar a otra sala. Por supuesto, el poder lavarse las manos legalmente y a la vez tener un proceso eficiente, casi fordista, de abortos para poder sacar más dinero, pesa mucho más que ningún criterio médico.
Así que no sabes si es mejor mentir, firmar que te encuentras bien y salir ya de allí para comer algo arriesgándote a que, si te pasa algo, encima tengas tú la culpa legalmente, o quedarte allí encontrándote mal sabiendo que necesitas comer algo y que tu gente está arriba sin que le informen de nada y viendo que el tiempo pasa más de lo demás. Sobre ti recaen los efectos negativos y la culpa. Firmas, te dan agua y caramelos. Sales de allí como puedes, desayunas, a lo mejor vomitas, y te vas a casa pensando qué ha pasado exactamente.
Lo que ha pasado exactamente es violencia machista. La autoridad genera distintos tipos de violencia para mantener el orden establecido. Violencia sexual- que también incluye que nos impiden tomar decisiones sobre nuestra reproducción (tener hijxs, no tenerlxs o cuándo), violencia física, violencia obstétrica, violencia psicológica…y todo ello mantenido mediante una violencia simbólica que es el sistema jerárquico y autoritario mismo: nos impone direcciones únicas, direcciones prohibidas, recorridos marcados. Es la violencia simbólica, una violencia que nos constituye, que construye nuestra forma de razonamiento y nuestro sentido común, nuestras prácticas y nuestro discurso y pensamiento.
Si además eres menor de edad según la ley, peor que peor, la autoridad patriarcal del Estado traspasa tus decisiones a la autoridad patriarcal de la familia: como si alguien tuviera el derecho a marcar, no sólo nuestro presente como menores de edad según la ley, sino nuestro futuro.

Poner por encima una hipotética vida humana frente a nuestra vida de hecho nos deshumaniza, nos hace vasijas al servicio de distintas autoridades e intereses patriarcales. Para ello, distintas instituciones autoritarias se unen demostrando que detrás del patriarcado hay jugosos intereses para muchos, ya sean económicos, de legitimidad, simbólicos, sociales, relacionales, etc.

Seguimos en la lucha contra el patriarcado y todo tipo de autoridad.

¡¡Aborto ilegal, violencia estatal!!

¡¡Viva la anarquía!!